Vivir en Nervión

Crónica de una vuelta de la Feria en el C2 a las siete y media de la mañana

Cuando la ciudad efímera se desangra de volantes y el alba clarea el cielo de la portada, los ojos cansados buscan en el horizonte el letrero luminoso del C2. Una luz que nos lleve de vuelta a casa mientras luchamos por no dejarnos vencer por el sueño con la mecida.

Pasamos al fondo, donde en la última fila de asientos cabemos los tres que vamos. Es la hora de los bostezos y de las sonrisas agotadas cuando cruzas la mirada con alguien que lleva tu misma cara de cansancio, herida de guerra del derroche bajo casetas de lona.

Pero lo mejor y lo peor tienen también su terreno perfecto para brotar en estos autobuses. En los cuatro asientos que están justo delante de nosotros, se sientan cuatro chavales de no más de 19 años, que entran arrasando y gritando de manera continua. Sé perfectamente que guardar silencio en un autobús de vuelta de la Feria es inviable. No es ese el problema, he vuelto otras veces en autobuses en los que se cantaban sevillanas o se contaban chistes y no pasa nada, se te hace más corto el viaje.

Pero se veía venir que estos cuatro no eran de los que te alivian el trayecto, sino los que hacen que desees que acabe pronto. Todo empieza con cánticos biris que son más bien un berreo y que supongo que le hacen flaco favor al sevillismo, pero eso es lo de menos. Uno de estos individuos lleva un cigarro apagado en la mano, abre la ventana y grita hacia el exterior, pero se le cae el cigarro al asfalto. Con malos modos, le grita «illoooo» a un trabajador de Tussam que está controlando los autobuses desde la calle, y le dice que se lo de. El trabajador se acerca y cuando ve que es un cigarro, le dice que no se puede fumar en el autobús. El otro le dice que está apagado, y el hombre lo recoge y se lo da con cara de desconfianza. Lo coge y ni un gracias. La chavalada se ríe en su cara mientras se marcha.

Pero en cuanto arranca el autobús y con la ventana abierta, saca el mechero y se pone a fumar tranquilamente de pie ante su asiento. Los amigotes le ríen las gracias, pero los demás que están en el autobús lo miran serios. Una mujer que está junto a la puerta le dice a su marido: «es que me estoy ahogando con el humo». Siguen gritando y fumando, pero a la altura del Prado, un hombre que está sentado tres filas por delante se levanta. De unos cincuenta años, enchaquetado y con corbata, el hombre se vuelve para hablarle al energúmeno con un «vamos a ver, creo que ya está bien». Se quita un vendaje que tiene en la mano, en la zona entre el pulgar y el índice y le enseña esa parte en carne viva. El autobús mira la escena. Los de la parte delantera se agolpan en la plataforma que une los dos vagones. «Mira, de 100 que estamos aquí yo soy el único gitano. Y esto es un mordisco que me dieron en una pelea, así que tu sigue eh, sigue… Te pido que apagues ese cigarro ya porque esto es un autobús, y en el autobús está prohibido fumar».

Silencio y miradas aguantadas durante unos segundos que se hacen eternos. El chaval con la cara agresiva, tira el cigarro y le da un pisotón para apagarlo. La ventana sigue abierta. El frío del amanecer se cuela en el interior. En los otros cuatro asientos, un chaval que nada tiene que ver con estos y con una camisa de rayas abierta sobre una camisa blanca empieza a reírse a carcajadas y arranca un aplauso para el hombre que ha logrado lo que todos queríamos. Por un momento, el autobús es un debate del Congreso y casi todos respaldan al hombre en voz alta. Un poco más allá, una flamenca dormita apoyada en el pecho de un chico. Quizá su novio, quizá un romance de farolillos o solo un amigo.

Otra chica arropada por sus volantes mira pensativa por la ventana, sabiendo que con este viaje su Feria ha terminado hasta el año que viene. Ha vuelto el silencio al autobús y las mecidas en las curvas vuelven a traer a Morfeo a los asientos. El hombre que va junto a mí bosteza y se recuesta tras comprobar de nuevo que el móvil se ha quedado sin batería. Delante, dos hombres jóvenes se besan y se acurrucan para ver si echan una cabezadita antes de llegar a su destino.

El sol comienza a teñir de celeste el cielo y los pájaros ponen banda sonora a las avenidas que son un reguero de cuerpos abatidos. Le doy al botón y se enciende el letrero rojo. Me despido y miro una vez más hacia atrás a los chavales que han liado el taco. Cabezas caídas y miradas en las pantallas. Las puertas se abren y el amanecer me recibe en San Francisco Javier. En el estómago, una mezcla de masa frita y alcohol. El autobús arranca a mi espalda y me pregunto que será de la vida de todos aquellos con los que he compartido el viaje más íntimo que se puede hacer: en el que ya no hay maquillajes impolutos ni nudos de corbata en su sitio, cuando dormimos a sabiendas de que todos nos ven y nos da igual, cuando en cierto modo somos más vulnerables, porque somos nosotros mismos. Bostezo y avanzo y un rayo de sol traicionero me pilla en una esquina. «Despierta, que el sueño de la Feria ha terminado». Quién pudiera retrasar la alarma un poco más…

Miguel Pérez Martín

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