Semana Santa

Dos cofradías de barrio en un miércoles de proezas

Cuando daban las doce del mediodía en el reloj, un sol casi veraniego deslumbraba a ratos entre la celosía de nubes que cubría Nervión. En la Parroquia de la Concepción miraron los partes y el cielo, y sin dudas abrieron las puertas.

El Cristo de la Sed y la Virgen de Consolación llegaron a un Hospital de San Juan de Dios donde parece que a la Hermandad de Nervión se les queda un trozo de la cofradía. Cada nazareno que entra en el sanatorio deja allí una parte de él. En cierto modo, saben los hermanos de Nervión que su primera estación de penitencia de la jornada no es bajo bóvedas góticas, sino ante un palco de honor de sillas de ruedas y canas, de ojos cansados y sábanas blancas. Allí el crucificado calma un poco su sed en la fuente central del jardín, y la dolorosa reparte consuelo a los que, en algunos casos, ya solo sienten resignación.

Poco después, en las calles estrechas del arrabal de los toreros y los artilleros, la Hermandad de San Bernardo empezaba a llenar la rampa de pisadas con destino a la Catedral de Sevilla. Es el día de los regresos, el día de los reencuentros. En la bulla de Santo Rey y Gallinato se cruzan las miradas de los vecinos que nunca dejaron de ser de San Bernardo, aunque la especulación urbanística se los llevara de allí. San Bernardo recibe cada Miércoles Santo a aquellos que construyeron su historia de corralones y patios, los que fueron custodios de las esencias del arrabal.

Sube el crucificado de la Salud el puente, y los bomberos desde la azotea del parque esbozan la media sonrisa de los que saben que el barrio ha vuelto a la vida plena, como cada Miércoles Santo. La Virgen del Refugio abandona la calle Ancha por una galería de árboles frondosos y sale al puente neobarroco como un sueño. El cielo se encapota, qué mejor adjetivo para un cielo sobre este arrabal, y el palio se detiene antes de emprender el ascenso mientras desde uno de los balcones de las casas de Defensa suena la voz herida de la saeta.

Saben bien La Sed y San Bernardo que este día era complejo y que ponerse en la calle era, por un lado, casi una obligación cuando en las próximas horas no había lluvia y a ratos estaba el sol calentando el asfalto. Y por otro lado, un riesgo cuando cayera la noche si las previsiones se cumplían. Ambos cortejos reinan en la ciudad. El distrito se detiene, literalmente. Las dos grandes avenidas están tomadas por capirotes, un río de cirios que van a llevar la pasión de los barrios al alma de Sevilla.

La Sed y San Bernardo han luchado mucho para conseguir los derechos que antaño costaba lograr si venías de extramuros. Las viejas calles de la ciudad miran con lupa a los que se atreven a cruzar las puertas de la antigua muralla para colonizar sus adoquines. Pero ese derecho estaba más que logrado con una manera de hacer hermandad que en Nervión y San Bernardo son ejemplo y faro para todos aquellos que buscan llevar sus pasos a la Catedral.

No hay locura en estos cortejos que se lanzan a las calles bajo un cielo de nubes negras. La Sed entra en Campana y ya tiene el plan definido: cambiarán el itinerario de vuelta. Que les perdone el barrio, pero van ir directos por Luis Montoto y Marqués del Nervión hasta la Concepción. Poco después San Bernardo avisa que irá a gran velocidad y que no bordeará la Plaza del Triunfo. El desafío a los cielos ha comenzado.

Y entonces empieza la hora de los prodigios. La de los esfuerzos. La Virgen del Refugio ve cubierto su manto con un plástico antes de salir de la Catedral mientras la Cruz de Guía va llegando a la parroquia del barrio de los toreros. Hay que alcanzar el barrio antes de que el cielo llore. Por Luis Montoto, el Cristo de la Sed empieza a adaptar el paso de mudá desde el acueducto en el que duerme el azulejo de la Virgen de las Madejas.

El cielo comienza a derramarse sobre las calles, poco a poco. Y ya no hay más opciones que combatirlo. El Cristo de la Sed y la Virgen de Consolación avanzan a una velocidad impresionante, la zancada le arranca a la avenida su fría victoria. Ya llegamos, apurad el paso. Los bomberos desde la escalerilla de su camión lanzan pétalos a un Cristo de la Salud que le intenta ganar la batalla al tiempo. El foco ilumina al crucificado marcando su silueta en la nube de incienso. La Virgen del Refugio hace fácil las estrecheces de Fabiola.

Las dos hermandades vienen jadeantes, doloridas, de vuelta al barrio. Pero no solas. Es imposible no sentir un escalofrío cuando ves al barrio de San Bernardo a paso ligero mojándose bajo la lluvia caminar junto a la Virgen del Refugio, para que la madre del arrabal no llegue sola. En Marqués del Nervión, el palio de Consolación abre las aguas como Moisés el Mar Rojo. Y a golpe de zancada, los nazarenos de los tramos de la dolorosa se abren para que el palio avance sin barreras hasta la Concepción.

Los hombres que son los pies de los titulares de las dos hermandades, como el reino anunciado por Cristo a Pilatos en el pretorio, no son de este mundo. Y si lo son, no son como el resto de los mortales. Uno no es capaz de imaginar lo que pasa más allá de los respiraderos, donde las piernas se acalambran y los riñones se entumecen, donde los cuellos se agrietan y el sudor gotea sobre el asfalto. La noche está vencida, y el dolor es un mal necesario para ponerlos a ellos a salvo.

El Miércoles Santo que arrancó con el sol luminoso en San Juan de Dios y el Puente ha agitado el cielo en las avenidas y las callejuelas del arrabal. La Sed y San Bernardo reposan en sus templos horas antes de las horas fijadas en los programas, que hoy son solo papel mojado. La luna llena, oculta tras las nubes de un cielo maldito, escucha las puertas que se cierran en la Concepción y la parroquia del barrio de los toreros. Abrazos y jadeos tras ellas. Las candelerías de los palios derraman siluetas en las bóvedas y el sueño comienza a apoderarse de los cortejos una vez cumplido el rito. Los barrios, con los corazones aún acelerados, se entregan al descanso con una sonrisa de paz en el rostro.

Miguel Pérez Martín

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