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El palquillo rebelde de San Bernardo

Tiene la calle Ancha de San Bernardo su privilegiado palquillo como una tribuna de honor abierta al barrio. Un palquillo reaccionario y transgresor, sin terciopelos ni oropeles. Nunca le gustó a San Bernardo lo recargado por lo recargado.

De ladrillo y forja, ventanas tapiadas y triste silencio. Así permanece desde hace cinco años el que un día fuera Colegio de Adultos de San Bernardo, el lugar en el que el barrio de San Bernardo demostró que el arrabal histórico tiene una mirada mucho más abierta y moderna que los barrios que nacieron hace solo un par de décadas.

En San Bernardo los palcos para ver las cofradías son gratuitos y solo dependen de la paciencia que tengas, y de la previsión para irte con tiempo a esperar a que los capirotes negros tomen el cielo del arrabal. El palquillo de los Miércoles Santos en San Bernardo tiene un pasado rebelde, diez años de aquellos que tomaron el edificio cuando todos parecían dispuestos a dejar que se cayera a pedazos. Ojo, que no se intenta avalar aquí la okupación como algo legítimo. Pero hay casos y casos.

La escalinata del Centro de Adultos de la calle Ancha ha vivido la Pasión del barrio. Una pasión de vecinos, pero también una pasión de aquellos que retransmiten y cuentan la Semana Santa: los que llevan el paso de San Bernardo por su barrio a los salones de los hogares. Fue en 2004 cuando el edificio fue ocupado, una okupación que llevaría diez años hasta que el CSOA Sin Nombre fuera desalojado.

Pero en San Bernardo no tienen un mal recuerdo, por lo general, de aquellos grupos que vinieron a trastocar -en el buen sentido- el ambiente del barrio. Los okupas arreglaron parte de aquel edificio abandonado, lo adecuaron a las necesidades de un barrio que pedía vida a gritos y nadie lo escuchaba. Montó una biblioteca y una videoteca abiertas, ofrecieron cursos y le abrieron los brazos a unos vecinos que habían conocido los patios de vecinos y los corrales. Buscaron casa a las «abuelas» que perdían sus casas por la especulación de viviendas de San Bernardo. Quizá sus métodos no fueran los idóneos, pero sí que había una preocupación por sus vecinos.

El barrio abrazó durante una década a aquellos chavales que habían llegado a San Bernardo para cambiarles la vida. Los Miércoles Santos, no se engañen, el respeto era supremo. La hermandad era la otra institución que insuflaba vida a un barrio que se desangraba, y los okupas siempre los respetaron. No lo decimos nosotros, sino los vecinos del arrabal, que dijeron que echarían de menos a aquellos chavales cuando cerró el CSOA en 2014 por el desalojo policial. Antifascistas y anarquistas, el movimiento feminista y los pioneros del veganismo, convivían aquí en paz con el incienso y las estaciones del viacrucis.

La Hermandad de San Bernardo siempre los respetó. Ellos siempre respetaron a la Hermandad de San Bernardo. Los extremos que se unen por un bien común, no hay que buscar más explicaciones: salvar San Bernardo. Y no lo tuvieron fácil los okupas, ya que vivieron asaltos, necios que tiraban huevos al edificio y acusaciones infundadas. San Bernardo los quiso y, en cierto modo, una parte del barrio los añora.

Mientras, queda ese balcón privilegiado, el palquillo de la calle Ancha, una tribuna de excepción para casi tocar las bambalinas de la Virgen del Refugio. En ese palco natural se encontraban todas las caras de San Bernardo, y se siguen congregando. Con las barandillas rotas, las ventanas cubiertas de bloques de hormigón y las hojas secas crepitando con el viento sobre su suelo polvoriento, aquel balcón es el lugar en el que San Bernardo demuestra que no importa las ideas que defiendas. Lo único importante son las personas, el barrio y su vida. Ojalá las ventanas del edificio vuelvan a ver la luz del sol pronto.

M.P.M.



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