Rocío

El Rocío del Cerro convierte en marisma el asfalto abrasador

La vuelta del Rocío del Cerro por la ciudad no es cuestión fácil. Tras el camino de cansancio y de arenas que van haciendo más pesado cada paso después de una semana caminando, el sol castiga a los romeros. Pero nada importa. El barrio en el horizonte es la única motivación que necesitan.

Hola, soy Lucas

Tras el sesteo en el campo de la Feria, con el sol cayendo a plomo sobre los hombros de los romeros, El Cerro se pone en camino para surcar las edades inmortales del Parque de María Luisa. Llega a golpe de flauta y tamboril la carreta de plata a la Plaza de España, y el agua que se escapa de la fuente de Traver es un alivio para unas gargantas que ni mucho menos se han cansado de cantarle sevillanas a su Simpecado.

Los turistas se vuelven locos en la plaza que abraza a las antiguas colonias diseñada por Aníbal González. Mientras los orientales persiguen a la carreta cámara en ristre, el arquitecto quiere girar la cabeza desde su estatua para ver ese costumbrismo que él hizo arquitectura con cimientos de ladrillo y azulejo. Las estampas son soberbias, y las ojeras no importan. En esta catedral verde que es la Avenida de Isabel la Católica, el Rocío del Cerro surca las bóvedas arbóreas camino de un barrio que le ha echado mucho de menos.

Sobre un río de asfalto que desafía a los sudores de las frentes polvorientas, surca la Borbolla esta hermandad a la que no le hacen falta multitudes ni caballistas que la custodien en su regreso. Por el Porvenir van recreando estampas que repetirá Sevilla Sur horas después, cuando vaya de regreso a otro barrio de grandeza, el Tiro de Línea. Los responsables de la hermandad azuzan para acelerar el paso y que los animales no sufran el sol abrasador y el calor. Los bueyes tienen tan claro el camino hasta sus calles que apenas hace falta dirigirlos.

Igual que aquel que creía ver la orilla del mar desde Madrid, el Rocío del Cerro puede ver en su ensueño la Avenida de Hytasa desde Nuestra Señora de las Mercedes. Y ahí comienza un maratón de sevillanas y cantes que no cesará hasta que el Matadero se despida hasta el año que viene de los romeros.

Baile, alegría, guitarras y tamboril para recorrer Alcalde Juan Fernández, donde las familias de El Juncal salen a ver el deambular de los romeros rumbo al barrio vecino. Y entonces llegan a la esquina de Ciudad Jardín, y allí esperan los vecinos de Ramón y Cajal. Ese calle que coquetea con las esencias del Cerro, porque aquí las fronteras se difuminan. El Matadero, dormido, ve pasar a los peregrinos, que se resisten a entrar a su barrio. Postergar la víspera del gran momento, esa especialidad de la ciudad de Sevilla.

Esta vez no hay niños en las escaleras, no hay rumor de chiquillos en el Ortiz de Zúñiga. No hay rejas abiertas ni salves, pero da igual. El Cerro y Nervión sellaron un pacto no escrito hace décadas. Nuestro barrio bendice a los romeros a la ida con sevillanas y voces colegiales, con flores de la Ciudad Jardín y algo de envidia por ese camino en el que Nervión nunca puso una carreta. Y el barrio de El Cerro promete llevarnos hasta las plantas de la Blanca Paloma en la mañana luminosa de Pentecostés y dejarnos a su regreso un poco de marisma y de aliento enredado en las rejas del Matadero. La carreta se marcha, rumbo a su barrio. Allí, la multitud será abrigo y sostén para los peregrinos en busca de la espadaña de su parroquia. Hasta el año que viene, romeros.

Miguel Pérez Martín

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