Semana Santa Tribuna abierta

La doble cara de la propuesta de coronación de la Virgen del Refugio

Una de las candidaturas que se presentan para la Hermandad de San Bernardo ha propuesto la coronación pontificia de la Virgen del Refugio. El rango de pontificia abre las puertas del boato y de las salidas extraordinarias, pero hay una solución más sencilla que evitaría la ida a la Catedral… aunque no se mencione. Y en base a dos antecedentes en San Roque y El Baratillo.

Sí, efectivamente. El candidato a Hermano Mayor propone la coronación pontificia de la dolorosa del arrabal. Pero, ¿por qué no una coronación canónica como la mayoría de las que se han celebrado en Sevilla hasta el día de hoy? Porque eso eliminaría los festejos, la salida extraordinaria, ir a la Catedral y pasarse no se cuántas horas en la calle.

¿Cómo que eliminaría los festejos? Pues para ello debemos remontarnos a 1939, cuando la Hermandad de San Bernardo se encuentra devastada tras el incendio de la parroquia y la destrucción macabra de sus titulares. El relato de aquellos niños jugando al fútbol con la cabeza del Cristo de la Salud nos sigue poniendo los vellos de punta. Es entonces cuando se decide hacer una nueva dolorosa que sale de las manos del imaginero Sebastián Santos.

El día de Año Nuevo de 1939 el Cardenal Segura llega a la Parroquia de San Bernardo para bendecir la nueva imagen y… le impone la nueva corona a la dolorosa. Y ahí viene el detalle: un cardenal impone la presea a la Virgen. Esto haría innecesario el boato de una coronación a día de hoy, y solo haría falta un trámite para reconocer la coronación. Pero claro, eso luce menos.

Los casos del Baratillo y de San Roque

Hay dos antecedentes a tener en cuenta. El más claro es el de Gracia y Esperanza de San Roque. A la dolorosa de la Plaza de Carmen Benítez le impuso la corona el Cardenal Segura en 1946. Se puede considerar una coronación litúrgica -la que no necesita de una autorización expresa de Palacio, aunque teniendo en cuenta que es el propio Cardenal quien la impone, hay una autorización implícita-. Aquella coronación es tan obvia que, en 1997, el Cardenal Amigo Vallejo publica un escrito en el que se reconoce aquel momento como la coronación canónica de la Virgen de Gracia y Esperanza.

Lo mismo pasa en El Baratillo en 2009 con la Virgen de la Caridad. El Cardenal Amigo Vallejo reconoce en un documento la coronación canónica de la Virgen de la Caridad en 1960, que aunque entonces se reconoció como ‘coronación litúrgica’, la corona le fue impuesta a la dolorosa por el Cardenal Bueno Monreal -y según defiende la hermandad, antes ya se la había impuesto el Cardenal Segura en los años 40-. Es decir, con un escrito del cardenal, la coronación litúrgica se transforma en canónica.

¿El detalle? En ambos casos, estos reconocimientos llevaban implícito que no se celebrarían actos extraordinarios vinculados a ellos. Es decir: no habría ida a la Catedral, ni imposición de nuevo de la corona ni regreso triunfal. Igual de válido pero menos lucido. Aquí entra en juego si lo realmente importante es la coronación en sí o todos los fastos que rodean el acto.

Si esta candidatura a San Bernardo propusiera el reconocimiento de la coronación del Cardenal Segura, se quedaría sin los fastos de las coronaciones que arrancan de cero. Solo habría un pronunciamiento del arzobispo y alguna obra asistencial extraordinaria para celebrarlo. Pero ningún culto externo extraordinario, basándonos en las premisas fijadas para los casos de San Roque y El Baratillo. Pero al proponer una coronación con rango de pontificia, el marcador vuelve a ponerse a cero y se abren las puertas de un proceso completo con la espectacularidad de una coronación con ida y vuelta a la Catedral y pontifical. Se busca más el ‘cómo’ que el ‘qué’. Y, ¿es realmente necesario en una hermandad que siempre ha sido ejemplo de mesura como la de San Bernardo? Juzguen ustedes mismos.

Miguel Pérez Martín

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