Tribuna abierta

Los enemigos somos nosotros

Cantaba Roberto Carlos: «Yo quisiera ser civilizado como los animales». Y ojalá lo fuéramos. Sin embargo, hemos elegido -porque nosotros lo elegimos- ser el caballo de Atila, que por donde pisamos no vuelve a crecer la hierba.

En estos días de comentarios y más comentarios que se apoyan en la premisa atemporal de «la ciudad está muy sucia», creo que tenemos un concepto equivocado de lo que son los servicios públicos, al menos los de limpieza. Sacamos nuestras banderas de grandes salvadores de un nuevo siglo en el que los estandartes son los de la ecología, la igualdad, el respeto, la multiculturalidad… somos muy modernos y muy gurús de redes sociales para dentro, y somos tremendamente guarros de la puerta de casa para fuera.

A pesar de todos esos valores de los que hablamos cada día en nuestros distintos perfiles, tan del siglo XXI nosotros, parece que cuando salimos del portal nos transformamos en un déspota personaje de ‘Downton Abbey’. Nos colocamos la levita y la chistera y a mirar por encima del hombro.

No sé si recordáis cuando os hablamos el otro día de las plataformas verdes que han conseguido recuperar uno de los parterres sepultados de Eduardo Dato. Les ha costado cuatro años, una carpeta muy gorda de escritos y la mediación del Defensor del Pueblo. Y a base de mucha insistencia, han logrado recuperar un espacio verde para todos nosotros, los que desde casa y con el móvil en la mano lloramos sobre las injusticias y sacamos nuestra artillería de menciones a las cuentas del alcalde o del ayuntamiento para llamarlos de todo menos bonito.

Pues el caso es que ese parterre ha amanecido hoy no lleno de papeles, que a cualquiera se le puede volar uno. Sin directamente con basura, como latas de refresco. Esa gente que trabajó durante cuatro años para recuperar una pequeña zona ajardinada, sin pedir nada a cambio, trabajando para todos nosotros y por nuestro bienestar, y no hemos tardado en llenarla de mierda ni unos días. No nos merecemos esta ciudad como no nos merecemos a esa gente que cada día trabaja por un barrio mejor desde asociaciones, colectivos y plataformas.

Esa estampa es solo la punta del iceberg de un problema mucho más profundo y doloroso: no somos capaces de ver que parte de ese problema de ver las calles más sucias es culpa nuestra. Porque somos muy guarros. Sí, yo también. Y tú que estás leyendo esto. Y somos absolutos destructores del lugar donde vivimos. ¿Qué clase de valores tenemos para hacer botellón en un parque infantil y dejarlo lleno de cristales rotos sabiendo que al día siguiente vendrán niños a jugar? ¿Cómo podemos sacar la basura a deshora en verano sabiendo que el tufo hará la vida imposible a las familias que vivan cerca de los contenedores? ¿Cómo podemos ignorar que hay papeleras y, una vez que estás en la calle, empezar a tirar todo al suelo sin que nos tiemble la mano?

Quizá uno de los errores es pensar que Lipasam no es un servicio público, sino que es nuestro servicio personal. Que están para recoger todo lo que nuestra mala educación nos haga tirar al suelo. ¿Os cuento un secreto? Toda esa basura que vemos acumulada junto al Puente de San Bernardo, en el solar de Campamento, en Lionel Carvallo, en los parterres de Artillería… No es que no la haya recogido Lipasam, es que no la deberíamos haber tirado nunca. ¿Tiene Lipasam que quitar la suciedad que encuentre? Correcto. ¿Tenemos nosotros que ser conscientes de que somos responsables de las calles de nuestros barrios y que cuidarlas es como cuidar de nuestra casa? También.

Esta guerra no se inicia por un trabajador de limpieza que no pasa la escoba. Esta guerra y todas esas quejas de la limpieza vienen porque nuestro barrio no lo sentimos como nuestro, porque la mayoría no lo cuidamos y nos da igual. Somos los señores que siempre tienen derechos, pero no responsabilidades, que para eso están otros. No queremos lo que nos implique un mínimo esfuerzo. Pues vecinos, el problema es que habrá un día que esos altruistas que trabajan por un barrio mejor, los que protegen nuestra arquitectura, los que hacen patrullas vecinales contra la okupación, los que unen a los barrios en asociaciones, los que van a visitar a los ancianos, los que organicen actividades solidarias… Se cansen de ver cómo su lucha es contra una pared insalvable. Y entonces, volveremos a quejarnos, quizá con más fuerza. O quizá no. Pero puede que ya no haya gente que nos escuche.

Miguel Pérez Martín

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