Semana Santa

San Roque y la exaltación de las emociones

Hasta el agnóstico tendría dudas ayer por la noche. Es difícil pensar que no haya un Dios si se vive un momento como la subida del Señor de las Penas a su paso procesional. San Roque abre cada penúltimo viernes de Cuaresma el baúl en el que se guardan las emociones y pone el alma a prueba.

Auténtico pan

En la Parroquia de San Roque anoche sobraba la palabra. Sobraba hasta el ligero murmullo de la respiración. Las luces nos dejan en una completa oscuridad. Solo un reguero de cirios marca el camino. Dos faroles con luz de otro tiempo iluminan el rostro del Señor de las Penas, que en andas inclina la cabeza ante la primera gran devoción de la ciudad, el Cristo de San Agustín que nos recuerda que hubo tiempo que en el arrabal de San Roque vivía el que sin duda era Señor de Sevilla.

El Señor de las Penas camina por esta iglesia que tanto ha sufrido, que como el Ave Fénix siempre ha renacido, literalmente, de sus cenizas. En la nave central, la voz de una cantante rompe la noche mientras el momento pone a prueba nuestros principios. ¿Es posible presenciar esta escena que parece orquestada para hacerte temblar y permanecer inmune? Difícil.

EN DIRECTO. Subida del Señor de las Penas de la Hermandad de San Roque a su paso procesional. Ofrecido por Algo Para la Salud – Sevilla.

Gepostet von Nervión al día am Freitag, 5. April 2019

En San Roque los hermanos son esta noche cirineos hasta que el Simón que espera sobre el paso les tome el relevo a partir de esta madrugada. Con sus manos ayudan a llevar al Dios que tallara Antonio Illanes en el tiempo en que las penas eran inabarcables e inconsolables. Y poco a poco van deslizando al Señor de las Penas hasta esa escalera al cielo que lleva centímetro a centímetro a la talla hasta el trono barroco del Domingo de Ramos.

Suena el crepitar de la manivela mientras desde el coro el desgarro de un violín y de un piano rompen el silencio inquebrantable de la noche. Y mientras vemos el lento ascenso del Cristo hasta su paso, la única luz artificial que se prende esta noche se posa sobre el rostro del titular de la corporación para sobrecoger a los presentes.

El violín alcanza su registro más agudo, el piano corona su horizonte más romántico y el aliento contenido espera para poder volver a respirar normalmente. La oscuridad calla la voz y el Señor de las Penas alcanza la cima de este calvario bajo la atenta mirada de un cirineo que hoy lleva una cruz más real. La que no se ve, la invisible. La que en cierto modo llevan todos los asistentes dentro, por un motivo u otro. La procesión, siempre, va por dentro.

Se encienden las luces, poco a poco, arcada a arcada, de este templo cuya bóveda impoluta nos recuerda que el fuego y el odio borraron su pasado. Parpadeos rápidos. Los asistentes no saben muy bien qué ha pasado. Puede que algunos no vinieran por motivaciones religiosas sino por la contemplación de la sublimación de lo estético. Pero en cierto modo sienten que aquí ha pasado algo más. El viento frío y húmedo se cuela por la puerta de la Plaza de Carmen Benítez. La realidad vuelve a desplegar su imperio de cháchara y móviles que hacen fotos. Todo es igual, pero el alma sabe que la han puesto en jaque. Y en una jugada maestra, le han ganado la partida.

Miguel Pérez Martín

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