Tribuna abierta

Una mafia real en el Cash Converters

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Eran alrededor de las ocho y media cuando me disponía a coger el autobús en la parada que está frente al Hospital de San Juan de Dios, justo delante del Cash Converters de Eduardo Dato. Minutos antes de que llegara el autobús, un coche con muchos años de un rojo oscuro se detenía bruscamente en la zona habilitada para que pare el autobús.

No pude evitar levantar la cabeza ante el frenazo y cuando empezaron a salir del vehículo un grupo de hombres con acento extranjero hablando de manera exaltada. Todos los que iban en el coche, una vez fuera, parecían congregarse en torno al más mayor de ellos. Un hombre con sobrepeso, la camisa medio abierta dejando el pecho al descubierto y que iba como abroncando a sus compañeros de viaje.

Intentando disimular, puse el oído a ver si me enteraba de aquella conversación que me daba tan mala espina. En la acera, a solo cuatro metros de mí. Este hombre y sus acompañantes congregaron a los individuos que suelen rodear el Cash Converters para intentar comprar a los clientes los objetos que van a vender antes de que lo hagan en la tienda. Reunidos todos alrededor del hombre mayor, fue cuando la cosa se puso más tensa.

Pude oír cómo este hombre mayor, con el discurso encendido, reprochaba en tono amenazante a los jóvenes que suelen estar alrededor del Cash Converters haber conseguido poco dinero. “Este no era el acuerdo, no estáis haciendo lo que me habíais prometido. No os tengo aquí para nada”, decía el hombre mayor mientras los demás intentaban justificarse sin éxito.

Fue entonces cuando comprendí la dinámica y que aquello que muchos dicen del entorno enrarecido del Cash Converters era real: es una mafia. Una mafia cuyos responsables vienen a exigir resultados y en la que hay una jerarquía respetada que, como en las películas, llega derrapando en un coche y rodeada de hombres fuertes que lo protegen para abroncar a los subalternos. Hace falta una solución a este problema, porque está sucediendo ante nuestros ojos, y quizá cuando nos demos cuenta de lo que realmente sucede, sea demasiado tarde.

Andrés Martín es vecino de Nervión

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