Semana Santa

Una tarde de reflejos de San Bernardo en el corazón de Sevilla

Desamparados

Discurría el Cristo de los Desamparados de Martínez Montañés en una tarde calurosa de casi verano por la calle Sierpes. Un hombre, asistente a esta salida extraordinaria, miraba desde uno de los lados cómo el Cristo partía hacia la esquina de Cerrajería: “Si lo miras desde detrás… ¿no parece que estés viendo al Señor de San Bernardo?”.

El conjunto hacía mucho para crear la ilusión. Un cristo muerto obra de la gubia de Martínez Montañés, maestro inmortal, con la cabeza casi en la misma posición y sobre el portentoso aunque sencillo canasto de la Hermandad de San Bernardo, en el que cabe todo lo que la hermandad ha sido y es. La elegancia de los altos candelabros de las esquinas ayudaban a ver al crucificado del que se celebran 400 años de su hechura como una obra de arte total.

Desamparados 2Si bien la primera parte del recorrido desde el Santo Ángel estuvo desahogada de público, quizá por las altas temperaturas, en el Salvador ya empezaba a notarse el despertar de la ciudad. Un rato estuvo parado el Cristo de los Desamparados esperando frente a la escultura que en esta plaza guarda la memoria del padre del Señor de Pasión -entre otras cosas, porque los bomberos tuvieron que asegurar de urgencia una de las banderolas del Corpus ya colocadas en la calle Villegas antes de que pasara por su lado la procesión-.

A partir de ahí, el crucificado buscó las calles y plazas anchas tras la intimidad de Cuna y Cerrajería. La calle Granada y la Plaza Nueva hicieron que el cristo se perfilara con las luces del atardecer antes de adentrarse en Mendez Núñez, donde la Banda de la Oliva de Salteras siguió demostrando que es de sobra, si no la mejor, una de las mejores bandas de Sevilla. Extraño ver un paso de Cristo más acelerado de los normal al mando de los Villanueva, debido a que era precisamente una banda de música la que ponía son a su caminar.

En la Magdalena, con la noche ya vencida, esperaba al crucificado el gentío. Curiosa la visión de mucha camiseta y pantalón corto, pero natural teniendo en cuenta el calor y que este crucificado portentoso fuera puesto en la calle muy lejos ya de las tardes de primavera que corresponden a la penitencia, y más en el terreno veraniego de las glorias.

Pero si con algo nos quedamos es con la entrada, con una calle Rioja desde la que el Cristo dejaba ver junto a su cruz y a lo lejos, la imagen gloriosa de la Virgen del Carmen, como si lo llevara esperando toda la tarde a que regresara de nuevo a casa. Con puntualidad exquisita, el cristo se dio la vuelta para cruzar el umbral de la reja del Santo Ángel tras una tarde de elegancia sin fin sobre un paso de tronío venido de un arrabal histórico. La sonrisa de los Carmelitas que precedían el paso lo decía todo: la Historia ya estaba escrita. Y confiaban en que esta salida, como tantas otras, ayudara a valorar la joya patrimonial que se esconde en el templo de la calle Rioja. La muerte dulce de Martínez Montañés tiene allí su casa, para cuando quieran ir a verlo, muy cerca de donde debe estar su sepulcro, bajo la Plaza de la Magdalena.

Miguel Pérez Martín

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