Tribuna abierta

Y el botellón volvió

botellón

Llega una edad en la que, por inercia, sabes que hay cosas que ya no son para ti. No negaré que en mis últimos años de colegio y en los de universidad yo era uno de aquellos jóvenes que iban con su bolsa de hielos goteando rumbo a aquellas zonas que se llenaban de jóvenes y botellas para que lo que, antes del cambio de término, se denominaba ‘botellona’.

Pero la ley llegó para desplegar su imperio -qué importancia aquella del cumplimiento de las leyes, algo que recordamos más que nunca estos días- y la prohibición de beber en la calle provocó carreras bolsas en mano en plena madrugada y noches de clandestinidad. Eran otros tiempos. No negaré que aquellas reuniones sociales las recuerdo con alegría y nostalgia, y que realmente las disfrutaba, pero con el paso de los años vas viendo que aquellos fue una etapa más que cerrada.

El hecho es que este viernes por la noche, salía de cenar con unos amigos de uno de los bares de Viapol tranquilamente, rumbo a buscar un pub en el que tomarnos una última cerveza y seguir riendo. Y de repente el bullicio nos tomó por sorpresa. La calle Balbino Marrón, aquella en la que se encuentran varias de las discotecas de la zona, estaba completamente tomada. La foto no engaña: cientos de jóvenes cortaban el tráfico de la calle y los coches tenían que pasar casi empujando con el morro del vehículo a los jóvenes para atravesar la marea. ¿Cómo podía ser? Nos quedamos mirándolos, pensando si a lo mejor pasaba algo más. No podía ser que estuvieran haciendo botellón de manera tan descarada, cortando el tráfico, hablando a grito pelado y sin que nadie viniera a disolverlos.

No fue la única sorpresa. Estuvimos en Sevilla 2 tomando la cerveza en una terraza. Mientras estábamos allí, en una zona en obras actualmente, el goteo de jóvenes con bolsas para ir a hacer botellón no cesó. Venían de una de las zonas más oscuras del barrio, donde pueden beber sin presión de la policía, en la trasera del edificio de oficinas de Sevilla 2. La calle Santa Joaquina de Vedruna es una de las más solitarias de noche. Cerrado el colegio y las oficinas de la otra acera, y con escasa iluminación, la calle es solitaria y oscura como boca de lobo. Y allí quedan los restos de basura de los que beben en plena calle.

No acabó aquí. De vuelta a casa, en la T que forman las calles Carlos de Cepeda y Fernández de Ribera, los jóvenes ocupando las aceras y usando los coches aparcados de posavasos hacen difícil pasar por allí. Ojos inyectados en sangre, olor a alcohol caliente y charcos de hielo por el suelo. Los vecinos llevan años denunciándolo, tengo un amigo que vive frente a la discoteca en la que luego entrarán todos estos personajes, y me consta que su vida cuando llegan las noches de fin de semana es un infierno sonoro.

Al llegar a casa, me pregunto si nadie sabe esto. Si ningún policía está informado de lo que pasa. Solo se me ocurre que en otras zonas de la ciudad sea incluso peor y por eso la policía esté allí, considerando lo que pasa en estas zonas un mal menor. Hace años aprendimos que no se puede beber en la calle, es una cuestión de civismo. No hace falta que la policía venga a buscarte, lo sabes. Sabes que se acabó. Y parece que Beltrán Pérez, el portavoz popular en el ayuntamiento, tenía razón ayer. El botellón ha vuelto, no como algo aislado, sino con una fuerza que parece increíble el desafío a las fuerzas del orden. La culpa no es de la policía, al menos no toda. Como siempre, es una culpa del civismo de los que habitan la ciudad. No lo hagan por la ley, háganlo por los vecinos. Los que no tienen la culpa de vivir donde viven, y solo quieren dormir tanto como tú quieres salir de fiesta, después de una dura semana. El botellón ha vuelto. Seguro que en muchas otras calles y zonas de la ciudad también campa a sus anchas. Y esta mañana un manto de basura en nuestras calles ha quedado de testigo para hacernos pensar qué modelo de ciudad queremos.

Miguel Pérez Martín

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